“Volver a mamá sin romperme 💓 ”
Hoy desperté con ganas de hablar de mamá. No sé si es la nostalgia, la luna, o simplemente el corazón recordando lo que lleva tiempo guardado. Lo cierto es que llevo ocho años sin abrazarla, y la gente suele preguntarme por qué, si tanto me gusta viajar, no he ido a verla todavía.
La respuesta no es simple. Cuando me lo preguntan, me quedo suspendida entre lo que pienso y lo que logro decir. Porque viajar para ver a mamá no es un plan turístico: es un terremoto emocional. Ya lo viví una vez y terminé fatal. Llamémosle depresión post-abrazo de mamá: siete kilos menos, lágrimas fáciles y una tristeza que se instaló como huésped sin invitación.
Aun así, el amor que nos une es tan fuerte como siempre. Mamá es de esas que confían ciegamente en mis decisiones, pero hay una tradición que nunca ha soltado: si tengo un evento o una reunión, necesita verme antes de salir. Revisa mi ropa, me acomoda algo, me mira de arriba abajo y finalmente da su “ok”. Es un sello de aprobación que solo una mamá puede dar.
Yo le digo vieja pelleja, gufa, duende. Ella es mi persona favorita, mi amiga, mi compañera. Antes hablar de ciertos temas era imposible: sexo, aventuras, vicios… eran asuntos prohibidos. Pero con los años la relación maduró, se abrió, se alivianó. Hoy podemos reírnos de todo eso sin miedo y sin filtros. Y eso, para mí, es un regalo.
La extraño. La extraño de formas que no siempre sé explicar. Y aunque todavía me preparo emocionalmente para ese reencuentro, siento que este año estaré lista. Lista para comprar el ticket que me lleve a sus brazos, para dormirme mientras me hace piojito, para recuperar un pedacito de hogar que siempre llevo conmigo.
Porque hay abrazos que no se olvidan. Y el suyo es uno de ellos.


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