EL DÍA QUE NO ME QUISE VER AL ESPEJO🪞


Hay días que amanecen torcidos. Días en los que el cansancio pesa más que el cuerpo y la manta se convierte en un refugio del que no quiero salir. Días en los que mi reflejo parece un recordatorio de todo lo que no soy, o de todo lo que creo que debería ser.

En esos días, mi nariz se siente demasiado grande, mis pechos demasiado pequeños y mi estatura insuficiente hasta para mis propios estándares. Y vuelvo, sin querer, a esa adolescente que alguna vez fui: la que observaba a otras chicas que encajaban en la palabra “belleza” según el mundo, según la moda, según cualquiera menos yo. Las miraba con un poquito de envidia y mucho de inseguridad.

Con el tiempo entendí que la belleza es frágil, cambiante, caprichosa. Que lo que para unos es perfección, para otros es nada. Pero también descubrí algo más: que ante los ojos correctos, soy perfecta en mi imperfección. Que alguien puede enamorarse justamente de aquello que yo intento ocultar. Que la luz que creo minúscula puede iluminarle la vida a alguien más.

Y entonces entiendo que el verdadero reto no es que los demás vean mi belleza, sino aprender a verla yo. Aprender a reconocer mis virtudes con la misma facilidad con la que señalo mis defectos. Porque eso, en realidad, es un acto de valentía: mirarme con amor cuando el espejo me pesa.

No todos los días son buenos. Algunos simplemente duelen. Pero en cada uno de ellos hay también una semilla de renacimiento, una pequeña oportunidad de volver a levantarme, de reconstruirme, de recordarme quién soy.

Tal vez, solo tal vez, todos somos dioses quebrados tratando de juntar nuestros pedacitos, intentando recordar que incluso rotos seguimos brillando. Y que cada día incluso los días grises nos ofrece la posibilidad de volver a nacer.

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